“Es como un poder de las tinieblas, esos de las películas de terror.  No lo podés ver y no sabés como controlarlo. Porque no lo ves: no sabés dónde está, cómo se mueve, qué armas tiene. Así es el poder de los narcos”.

Recuerdo la conversación que mantuve con mi padre anoche: “Nosotros somos sus esclavos. Sí, no te sorprendas, todos nosotros. No sólo los adictos son esclavos de las sustancias que consumen. También lo son los que trabajan para los traficantes, las mulas, los que la transportan en sus vehículos. ¿Sabías que a algunos les compran un camioncito o una camioneta para que se dediquen a llevar y traer la droga? ¿Esos no son esclavos? También lo son los que entregan su casa para que la usen como cocina, porque si se niegan los matan. A ellos y a sus familias”.

Me parece verlo. Hablaba con tanto convencimiento, con tanta pasión. “Después están los funcionarios del gobierno de todos los rangos. Legisladores amenazados para que den su aprobación a leyes o decretos, funcionarios de la aduana, policías, jueces y así puedo seguir describiéndote a todo un universo de personas que viven sus vidas bajo coacción, con terror de que maten a su familia, con el complejo de ser corruptos y sabiendo que, si no lo son, desaparecen. Todos somos sus esclavos”.

Yo no lo interrumpí porque sabía que tenía que descargar toda su frustración.  Estaba enojado por la ignorancia de los influyentes, por la incomprensión de sus socios políticos, por la traición de su amigo.

“Todos ellos carecen de una visión estratégica para interpretar y entender el problema en su verdadera dimensión. Esto es narcoterrorismo, es una agresión externa a nuestro país originada en otros estados por organizaciones supranacionales. Yo no propongo sacar el ejército a la calle para combatirlos. Quiero hacerlos visibles, porque solo conociendo a tu enemigo podés llegar a vencerlo, o por lo menos, mantenerlo controlado”.

Había logrado entrar y salir sin que detectaran el dispositivo. Estaba agotada. Por fin lo había dejado en el lugar que le ordenaron. Contaba con que no sospecharan de ella. ¿Quién iba a dudar de la lealtad de una empleada mayor y con tanta antigüedad?

No le quedó otra opción. Era eso o su familia.

Miró su reloj y apuró el paso. Quería alejarse lo más rápido posible.

Subió al subterráneo de la línea “D” con rumbo a Palermo. Cuando bajó en la estación Bulnes, escuchó las sirenas de las ambulancias.