No tengo claro lo que siento: a veces es miedo, otras es terror. ¿Miedo a la enfermedad, terror de sufrir? No sé si quiero conocer la respuesta. La incertidumbre nubla mi lucidez y buen juicio.

Estoy agobiada. Tantas horas de insomnio me están afectando. El café y los fármacos me mantienen despierta, pero mi cerebro empieza a enviarme señales de desequilibrio. Trato de encontrar la salida. Camino, de ida y de vuelta, los pasillos del hospital. Al igual que en el cuento en el que Asterión reconoce los diferentes espacios de su casa por los muertos que allí reposan, yo también recuerdo cada habitación por los que allí dejaron su vida. No pudieron encontrar la puerta para salir del laberinto, porque este alcázar no tiene muro externo ni centro secreto.

Un ejército invisible, de criaturas inertes, sitió nuestra fortaleza y nosotros solo creamos tácticas defensivas, pero no los atacamos. No sabemos cómo.

He sido alcanzada por el enemigo. Mi mente vaga en una nebulosa y mi cuerpo suda. Siento que estoy perdida entre senderos que se bifurcan y que yo tampoco voy a encontrar la salida. En mi delirio veo la barca de Caronte que se aleja, que no puedo cruzar el río ni tampoco acercarme a la costa. Tengo sed y deseo beber agua, pero no me dejan. No puedo respirar, me ahogo.

Ya estoy mejor. Despierto en una de las habitaciones que antes visitaba a diario. Me acuerdo de su anterior ocupante. Era un paciente que leía a Borges, hasta que ya no pudo hacerlo. ¿Será por eso que por mi cabeza siempre ronda la idea del laberinto?, ¿imágenes de fascinantes espacios desconocidos que nos ponen frente a encrucijadas?, ¿visiones de destinos terribles o fantásticos? No creo. Seguramente, es porque todo este tiempo me sentí encerrada, sin protección, expuesta a lo incierto, a un destino indescifrable.

—¿Cómo estás Alejandra? Se te ve mejor —dijo mi colega mientras me colocaba el termómetro en la axila. No teníamos los digitales, así que usábamos los de vidrio.

—Mejor, aunque todavía tengo delirios y sueños raros.

—Tenías fiebre muy alta. Ahora ya estás mejor —me contestó y puso el tubito a la altura de los ojos, a contra luz —Si seguís así, en dos días te vas a casa.

—A la cuarentena.

—Claro. Una vez por semana tenés que venir para hacerte el test. Vos ya sabés. No necesito explicarte el protocolo.

—Seguro —le contesté aliviada y contenta, porque que iba a tener tiempo para descansar.

Todavía no puedo volver al trabajo. Hace tres semanas que estoy en mi casa en aislamiento, sola. No me está permitido tener contacto con otros, excepto con mi hermano que se encarga de traerme la comida y de llevarme al hospital, una vez por semana.

Estoy encerrada y no tengo escapatoria. Al igual que el Minotauro, deseo ser liberada de tantas galerías y de tantas puertas aunque, también como él, si salgo seré apedreada. Me siento aprisionada en una trama compleja que, como decía Borges, abarca todas las posibilidades.